domingo, 17 de febrero de 2013
Capítulo VI
No quiero tomar una decisión precipitada y son demasiadas las preguntas y los sentimientos que asimilar; ya ni quiera sé que pensar de Armand; voy a dar un paseo, aunque esa no sea la decisión más segura en estos momentos. Mientras caminaba, seguía dándole vueltas al destino que tomaría, así evitaba el resto de pensamientos. Una hora después y sin tener nada claro aún, volví a casa, quizás fuera mejor intentar descansar y dejar para mañana la solución de mis problemas. Preparé un baño caliente, y cuando comenzaba a relajarme y a tomar consciencia de mi respiración y dejar a todo el mundo aparcado a un lado, otro flash en mi mente, y el nombre de Alfred, mi primera intención fue ignorarme a mí misma, quizás ahora todos los nombres que había escuchado en mi vida me vinieran a la cabeza como revelaciones…pero inevitablemente y en unos segundos, ya había cerrado los ojos e intentaba concentrarme para intentar recordar quién era él. Me fui a la cama sin éxito, nada de Alfred, en mi memoria, tomé la medicación que me habían indicado, casi con la esperanza de que mi subconsciente volviera a revelarme algo y me sumergí en el sueño, contradictoriamente profundo y a la vez con esa sensación de no haber dejado de pensar en todo lo acontecido. Y ahí estaba de nuevo ese tal Alfred, guapo, alto, moreno y sus ojos negros como la noche y fríos como el hielo, me decía que volviera a Francia, nos encontraríamos donde siempre. Desperté del sueño agitada pero con la certeza de que era a Montmatre donde quería Alfred que nos encontrásemos. No pude seguir durmiendo, ya sabía donde iría a Montmatre (Francia), cogí un libro y leí hasta que amaneció.
Sobre las 9, me arreglé y salí a la calle, no me encontraba cansada pese a no haber pegado ojo, mi objetivo, encontrar una agencia y encaminar mi destino hacia un lugar, Montmatre, no podía dejar de repetir mentalmente ese lugar, Montmatre, Montmatre. Cuando salí de la agencia ya tenía en mi mano los billetes que me llevarían a Francia.
Con cierto remordimiento y a pesar de que habíamos quedado en no tener más contacto, me dirigí a un teléfono público y llamé al hotel Atlántida, con la esperanza de poder hablar con Armand. Sí que estaba, aproveché la sorpresa y la desconfianza de su silencio inicial para anunciarle que en un par de días volaría a Francia, un segundo más de silencio y del otro lado del teléfono parecía que hubiera otra persona, su alteración era tal que pensé colgar, no paraba de decirme que volviera a la agencia a cambiar el billete, pero yo estaba decidida, no sabía cuánto, o si lo supo, porque acto seguido, cambio su tono de voz, y como si supiera de sobra que de esa forma no me convencería, intentó suavizarlo y comenzó de nuevo.- Elena, piénsalo bien, si te vas puede ser peligroso, e incluso doloroso para ti, si sigues recordando a esa velocidad, no creo que Francia sea el lugar donde debas ir de momento, replantea otros lugares primero, ¿no entiendes que solo quiero protegerte?-
- Lo siento – dudé como llamarlo- Gilbert, la decisión está tomada, vuelvo a Francia, hay algo potente que empuja a tomar ese destino- mi voz sonaba segura- antes de irme he de hacer algunas compras y solucionar algún papeleo, ¿te parece si nos vemos mañana en la Plaza del Príncipe y tomamos una cerveza juntos?- no respondió- A las 12 estaré allí – le repetí, y colgué.
No me encontraba mal, más bien todo lo contrario, pasé el resto del día con los preparativos del viaje. Esa noche, dormí profundamente, el cansancio era demasiado.
Al día siguiente, salí temprano, tenía muchas cosas que solucionar antes de partir, a las doce menos algo me acercaba a la Plaza del Príncipe y no pude evitar una sonrisa de oreja a oreja, cuando me encontré que en una mesa de la terraza ya estaba Armand esperándome con dos cañas frías, recién pedidas.
No supe como saludarlo pero opté por seguir en la línea de la cordialidad y no ser cariñosa, pese a que me apetecía cuanto menos darle dos besos y un abrazo, opté por sentarme, sonreírle y tocarle el brazo en un gesto amigable. El no sonreía, con solo mirarme supe que se debatía entre la ira y la tristeza, me invitó a recapacitar nuevamente, a reconsiderar mi decisión, pero él sabía que no lo haría.
- Lo siento Gilbert, tengo que ir, espero que esto no sea una despedida y volvamos a vernos, yo también estoy muy preocupada por ti, sabiendo que te quedas aquí – por favor, deséame suerte- asintió y su expresión era ya solo de tristeza. Lo miré a los ojos una vez más, me levanté y me fui, no pude contener las lágrimas en cuanto me di la vuelta y decidí no volver la vista atrás, era muy doloroso despedirme de Armand y tampoco era la primera vez que lo hacía.
Dos días después me encontraba en el aeropuerto Tenerife Sur con destino Charles de Gaulle, París. Fue un vuelo tranquilo y a mi llegada me sorprendí nuevamente dirigiéndome con determinación primero a por mi equipaje y luego a tomar un taxi, sonreí, porque me sentía bien allí, y porque aunque de forma algo oxidada ¡hablaba francés!, la gente debía pensar que estaba loca pero no podía parar de reír. Pedí al taxista que me llevara a Montmatre, el trayecto fue reconfortante, “volvía” a ver monumentos y lugares que de alguna forma estaba echando de menos, las calles de París, las plazas, aquellos palacios, los campos Heliseos y como si me diera la bienvenida la imponente torre Eiffel, la belleza de todo aquél conjunto era inexplicable. Llegué al barrio de Montmatre y el taxi me dejó justo delante del hostal que había reservado en la agencia, ya en mi habitación me duché, tomé un aperitivo y descansé. Al atardecer, salí a dar un paseo, llegué a la Place de Tertre, los pubs, los cafés de época y todos aquellos artistas exponiendo sus obras, todo aquel aire bohemio, me encantaba y no era nuevo. De repente escuché mi nombre.
- ¡Elena! ¡Elena!
Me asusté y dudé si girarme o no, sonaba más bien cerca, pero barajé la opción de salir corriendo, pese a todo me giré y divisé a una chica que sorteaba a paisanos y turistas con total naturalidad, me saludaba desde un puesto de bonitos lienzos todos ellos con diferentes series de la torre Eiffel. Agitaba el brazo y avanzaba sin alejarse del puesto, me hacía señas para que me acercara, y como me resultó tan familiar aquella chica joven, rubia y pecosa que me llamaba con tanta alegría me dirigí hacia ella igual de contenta.
- Eleeeenaaa…¿qué te pasa? No me viste o ¿qué? ¿cuándo has llegado? ¿por qué no has llamado?...Elena…por qué me miras así…
- Lo siento, lo siento de verás, no sé quién eres, probablemente te conozca porque me resultas muy familiar…pero no puedo acordarme… - mis palabras sonaban ansiosas…- Tuve un accidente… y perdí parte de mi memoria, vengo de Tenerife, y cada vez estoy más segura de que aquí está la clave para que comience recordar.
Ella me miró con aire de tristeza y decepción:
- ¿probablemente me conozcaaaaz? Elena cariño, me conoces y mucho, créeme, vamos a la cafetería, creo que François podrá echarle un ojo al puesto un rato- ¡François, s'il te plaît! – y le hizo un gesto al señor del puesto colindante.
Entramos a una cafetería muy pequeña, algo apartada y muy acogedora, sonreí porque también conocía el lugar, los dependientes me miraban familiarmente y me sonreían, me sentía bien allí. Nos sentamos en una pequeña mesa rodeadas me mucha gente conocida, no había casi turistas en aquel local.
- ¿en serio no te acuerdas de mí? – negué con la cabeza- ¿ y de Alfred? – al escuchar el nombre un escalofrío recorrió mi cuerpo- nos conocimos nada más llegar aquí y juntos hemos explorado París desde que llegamos- me miró dulcemente con sus grandes ojos verdes y con una pícara sonrisa continuó- para recordar a Alfred lo mejor será que mañana vayas a Le mur des je t'aime, (La Pared de los Te Quiero), al lado de la plaza des Abbesses…
miércoles, 13 de febrero de 2013
Capítulo V
De repente un salto al vacío, miedo, angustia...una sensación que nace en las entrañas, sube hacia la cabeza, sudor…¡y me despierto!...Necesito bastantes minutos para ubicarme; ¿Dónde estoy?, en casa; ¿Qué día es hoy? ¿Qué hora es? Jueves… 3 de enero, miro el despertador en mi mesilla de noche, casi son las 10 de la mañana, ayer me dieron el alta en el hospital, anoche no podía dormir, terminé por tomarme un relajante, y poco a poco voy deshilando la confusión en la me encuentro, visitas en casa, familiares y amigos, celebración, alegría por volver a casa, por estar viva…y de repente ¡Gilbert!, la nota, ¡Gilbert!
No voy a esperar más, esta tarde iré a verlo…sí, anoche tomé esa decisión, y la excitación que me produjo hizo que no pudiera conciliar el sueño, por eso tomé un relajante.
Ufff!! Que pesadilla, de camino a la ducha me persiguen las imágenes de todo lo que he soñado, me parece increíble que toda esta película se haya proyectado en mi cerebro en apenas unas horas. Mientras me ducho, y siento la calidez del agua en mi piel desnuda evoco sentimientos rescatados de ese sueño, los besos de Gilbert, las caricias, el deseo; me recreo en ello, lo revivo ya despierta…no me parece haberlo soñado, me parece haberlo vivido, quizás sean las ganas de vivir algo así lo que ha llevado a mi subconsciente a liberarse. Salgo de la ducha, enciendo la radio, suena “come away with me” de Norah Jones, y me sorprendo sonriendo y cavilando como cuando era una adolescente, empieza otra canción, ahora no presto atención a la letra, hay algo que no me permite disfrutar plenamente de este instante, ahora son otras las imágenes del sueño que me vienen a la cabeza, nos observan, huyo, peligro, golpe, sirenas,…hospital, el corazón se me va a salir del pecho, ¿qué está pasando? Sigue la consecución de imágenes agolpándose demoledoramente, tengo que sentarme, aun sin vestirme, enrollada en la toalla; ¿registros policiales, huídas, persecuciones? – Elena, vamos a tranquilizarnos - ¿qué vi anoche en la tele? Debí hacer un cóctel de sentimientos, imágenes televisivas y tranquilizantes, eso ha sido, respiro profundamente y me dispongo a vestirme, estoy de baja aun, no me encuentro en mi mejor momento físico, dolorida y algo magullada, pero tengo el día por delante y debo prepararme para la cita de esta tarde, voy a ver Gilbert y automáticamente ante este pensamiento, de nuevo toda una procesión de fotogramas pasa en décimas de segundo por mi cabeza, parecen más recuerdos qué imágenes de un sueño cualquiera. Vuelvo a estar asustada, lo mejor será salir, despejarme que me dé el aire, distraerme un poco. Llamo a la peluquería, allí pasaré algunas horas desconectada y por lo menos harán algo por esta aspecto fantasmagórico que me ha dejado la estancia en el hospital.
Termino de vestirme, y salgo, ya en el ascensor hago el amago de tocar el botón del sótano donde se encuentra el garaje, pero rectifico rápidamente, pulso el botón del bajo que conduce directamente a la salida del edificio; no conduciré, aún no me siento con ánimos ni fuerzas para ello, tomaré el tranvía y luego andaré un poco por La Laguna, me gusta, me relaja callejear en esa ciudad y todavía tengo tiempo antes de mi cita en la peluquería.
A pesar de que intento con todas mis fuerzas desviar mis pensamientos a trivialidades, miro escaparates y observo a los transeúntes, inventándome historias sobre sus vidas (actividad que practicábamos animadamente en tiempos de colegio; y que aún hoy no sé por qué sigo haciendo mentalmente); no consigo quitarme el sueño de la cabeza, cada vez voy recordando más partes, el hilo conductor y pese a que todo es muy surrealista, sigue habiendo cosas que más me parecen recuerdos y certezas que producto de mi poderosa imaginación. Hay algo que no encaja en todo esto y esta tarde creo que averiguaré qué es…
Cuando llego a la peluquería todos me saludan y me pregunta cómo me encuentro, son muy amables y en parte me molesta, porque lo que me apetece es seguir sumida en mis pensamientos, aunque no era eso el motivo que me había sacado de casa. Así que les contesté, bromeé incluso con mi estancia en el hospital comparándolo con unas vacaciones y por un rato me dejé llevar del placer del dejarme hacer…Ya instalada bajo el aparatoso secador de pié, que te invita a todo menos a relajarte, mi mente vuelve a intentar resolver todo este puzzle del que, sin lugar a dudas faltan más de la mitad de las piezas. Vuelvo a Gilbert, lo visualizo, lo escucho, y me sorprendo con la seguridad de que ya lo he escuchado antes, su olor, ¡dios mío yo sé a qué sabe ese hombre!! Me sobresalto, estoy segura, lo conozco, y en profundidad, pero porqué no consigo encajarlo en mi vida, me sonrojo y no por el secador, uno de los peluqueros se percata y me baja la intensidad del calor, yo pongo cara de circunstancia, pero cuento el tiempo que me faltan para salir de allí, necesito que me dé el aire, necesito hablar con él; él quiere hablar conmigo, de lo contrario no me habría dejado esa nota, ¡miiierda! no pides ayuda a una desconocida, salvo que estés chalado o creas que ella lo está más que tú. Algo importante se ha borrado de mi mente y ambos sabemos que tengo que recordarlo. Tengo su nota en la cartera, la vuelvo a leer, “un beso tierno”… sé a qué besos se refiere, puedo sentirlo; me pide ayuda, me preocupa enormemente y eso no se siente por un desconocido. Otro flash del sueño, ¿la cepa Altrou? ¿Qué es eso? Cojo el móvil y busco en internet, no encuentro nada al respecto, ninguna cepa con ese nombre, ahora estoy asustada, dejo el móvil en el bolso, la nota en la cartera e intento concentrarme en una revista.
Dos horas más tarde, salgo de la peluquería con una imagen más que aceptable, teniendo en cuenta los últimos acontecimientos, tengo que contestar algunas llamadas perdidas en mi móvil, casi todas de mi madre, debe estar preocupada, sobre todo tengo que tranquilizarla e inventarme alguna excusa que me permita pasar el resto del día sola o aparentemente sola. Salgo airosa inventándome una historia que no sé si seré capaz de recordar. Está todo listo, nadie llamará para ver donde estoy o qué estoy haciendo. Tengo la tarde “libre”. Me dirijo rumbo a casa de nuevo en el tranvía, he de cambiarme de ropa y comer algo, más por necesidad física que por apetito, tomaré los medicamentos e iré caminando al hotel donde se aloja Gilbert, pienso en ese nombre Gilbert, Gilbert, sé quién eres, pero ese nombre no me encaja.
…Sus tacones resonaban con determinación en el silencio de la ciudad mientras caminaba hacia el hotel. Esperaba que el recepcionista le hubiera dejado a Gilbert su mensaje. No podía esperar más. Venía soñando, sólo soñando, desde hacía ya muchos años en algo así. El destino le presentaba un reto mientras sus ojos se tornaban rojos y ámbar primero o verde esmeralda después al ritmo caprichoso de los semáforos de cada cruce. Necesitaba desesperadamente algo de tiempo para pensar, pero sólo podía dominar a ratos su ansiedad esperanzada.
Reconoció desde lejos la silueta de Gilbert en la acera frente a la puerta giratoria del hotel. Armand esperaba ver a Elena descender de un taxi. En apariencia tranquilo comenzó a andar a ninguna parte cuando el silencio de la noche le llevó el rumor de unos pasos de mujer; se giró lentamente y allí estaba Elena que se había detenido a escasos metros de él cuando con una sonrisa irresistible le dijo en francés, casi susurrando: —Bonne nuit ma chère Elena —Ella quiso guardar aquella imagen para sus recuerdos y prolongó algunos segundos el silencio mientras observaba a Gilbert delante de una florida buganvilla bajo las luces cambiantes de la ciudad dormida.
Me sentí como si ya hubiera vivido esa situación, ahí estaba frente a mí y supe que no era la primera vez que lo veía fuera del hospital. Su mirada también confirmaba mis escasas dudas.
Con cierto semblante de preocupación pero sin dejar de sonreír, caminamos unos minutos en silencio, sin duda algo le preocupaba, avanzaba observando todo y a todos. Yo mientras caminaba a su lado dándole vueltas a cómo empezar la interminable lista de preguntas que quería hacerle.
Después de unos minutos caminando en dirección hacia el centro, y de intercambiar algunas trivialidades, me invitó a entrar en una cafetería, el lugar era pequeño y estaba concurrido, Gilbert, observó aliviado que en el fondo había una mesa donde casi no podía vernos ni el personal del establecimiento. Tomamos asiento y yo presa de cierta ansiedad, me lancé a preguntar:
- Gilbert, ¿ya nos conocemos, verdad?- me sonrojé sin saber porqué mientras le hacía la pregunta.
Su expresión oscilaba entre el alivio y la preocupación, y antes de que yo continuara con toda la disertación que había preparado, sobre mis especulaciones y mis lagunas, hizo un gesto para que guardara silencio y habló:
- Elena, no sé qué es lo que recuerdas exactamente, por lo que pude averiguar en el hospital recibiste un golpe muy fuerte, y cuando nos cruzamos en el pasillo la primera vez y vi que no me reconocías, no supe si llorar o alegrarme por ti; pero lo cierto es que no tenemos tiempo de ponernos al día, no puedo explicártelo todo ahora y en cierta medida es lo mejor para ti, cuanto menos recuerdes, más segura estarás.
Por supuesto que nos conocemos- al decir esto noté que se emocionaba- y todo se ha complicado demasiado, no debí venir a Tenerife, pensé que aquí podríamos estar seguros pero lo único que he conseguido ha sido ponerte en peligro, y debo solucionarlo como sea. Ni tu accidente, ni el mío fueron fruto de la casualidad, no estábamos juntos, pero creen que tú tienes la información que no han conseguido que yo les dé.- Inspiró hondo para proseguir su monólogo y me sorprendió que su español era mucho más fluido que el que utilizó cuando entró en mi habitación en el hospital- Elena, pensé que iba a tener la oportunidad de poder explicártelo todo y por eso te dejé la nota, pero han vuelto a encontrarme, esperaba que me hubieran dado por muerto después de mi caída en el Teide, pero no ha sido así, y ahora lo único que puedo decirte es que lo mejor por el momento es que abandones la isla, tómate un tiempo; después de un accidente así, tiene sentido y nadie se sorprenderá. Viaja, haz turismo, pero no indagues, no intentes buscarme, quizás sea mejor que no vayas a Francia por el momento, no sé…- por un momento pensé que se derrumbaría, se le veía agobiado, preocupado, su actitud me provocaba levantarme y abrazarlo, sentía cierta necesidad de protegerlo, pero por otro lado, todo lo que me decía no hacía más que aumentar mis lagunas y me bloqueaba, aproveché los segundos de su silencio y le pregunté…
- Ya sé que esto es de locura, pero ¿tiene algo que ver con una cepa?- me sentí la mujer más estúpida ante esta pregunta porque casi me había convencido de que esa información era mezcla de alguna película y los tranquilizantes de la noche anterior, pero cuando vi que sus ojos se abrieron sorprendidos y más preocupados aún que antes, deseé no haber abierto la boca.
- Elena, olvídalo. Olvídalo todo. Te repito que no intentes buscar ninguna información, esto no es juego. Me encantaría aliviar tu preocupación, resolver tus dudas pero por favor confía en mí. Intentábamos hacer las cosas bien, y nunca pensamos que esto diera un giro de 360º.
- ¿de verdad esto que me dices tiene que tranquilizarme?- fue lo único que pude decir espontáneamente, y nos reímos del absurdo.
Ahora estoy en casa, frente al ordenador, buscando un destino turístico agradable para huir, aun no sé de qué, ni de quién.
No hubo más explicaciones, ni besos de despedida, ni abrazos alentadores, ni nada de nada, salimos por separado de la cafetería yo primero, y él minutos después, dándome tiempo mientras pagaba los cafés.
Salí del establecimiento con una crisis paranoica que jamás hubiera imaginado que me podría suceder, tenía la sensación de que todo el mundo me seguía, me miraba, me controlaba. He cerrado la puerta todo lo que he podido, (la llave no gira más), también he cerrado todas las ventanas previa revisión de toda la casa, he hecho varias llamadas, para tranquilizarme yo, más que para tranquilizar a mis amigos y he comenzado a dejarles caer la idea de que me apetece hacer un viaje, desconectar,…He liado tabaco, y me he preparado una copa… intento revivir todo lo que me ha pasado esta tarde, pero doy prioridad a lo que me ha dicho Gilbert, que ya sé que no es su nombre, lo sé porque cuando lo vi mirándome bajo la buganvilla, pensé “Armand, ya estás aquí”.
Tengo que salir de la isla, por la pantalla del ordenador desfilan un sinfín de destinos y no soy capaz de decidirme por ninguno, Roma, Amsterdam, Lisboa, Sudamérica tal vez…lo primero es salir de la isla, sí, eso será lo mejor, luego ya improvisaré; Barcelona me parece un buen destino inmediato y un punto de partida hacia Europa. Antes de despedirnos, me aseguró que de alguna manera, cuando fuera seguro para ambos se pondría en contacto conmigo, pero yo no lo tengo tan claro. ¿Qué es lo que tiene que solucionar? ¿y cómo? ¿Cómo voy a resolver yo todo mi situación aquí antes de irme? ¿Volveré a ver a Armand? Puede que no, pero ahora tengo que actuar rápidamente, no sé cuánto tiempo estaré fuera. Siento miedo, pero contradictoriamente una capacidad resolutoria se apodera de mí, como si no fuera la primera vez que tengo que tomar decisiones precipitadas y hay una atmósfera de aventura que me seduce…por primera vez en el tiempo que soy capaz de recordar siento un impulso superior a mí, de cierta seguridad, como si lo hubiera estado esperando.
domingo, 10 de febrero de 2013
Capítulo IV
Mientras corría se le venían
recuerdos a la mente sus padres, su pequeña perrita, Gilbert….de
repente se ve deslumbrada por las luces de un coche y una pita la
saca de ese cansancio y esa preocupación, sin darse cuenta estaba
corriendo por medio de la calle y casi la atropellan. A ella sin
importarle esto y es mas pensando que ese hombre extraño podría ser
el del coche acelera mas la carrera hasta que a sus oídos llego el
extraño sonido de una sirena, la exhausta chica se da la vuelta y
descubre que el vehículo q hace nada casi la atropella era un coche
de policía. En ese momento la chica se derrumbo al suelo y empieza a
llorar mientras los nervios se escapaban por sus manos y retomaba
poco a poco el color, pero en su interior había ahora tres
preguntas. ¿Qué había pasado?¿Por qué, que querrían esos
hombres de Gilbert? y la pregunta que más de la cabeza le brotaba
del pecho ¿Cómo estaría él?.
***
Mientras, Gilbert seguía huyendo un
par de calles mas arriba.
Corría como si supiese a donde ir,
siguiendo su instinto sin dudarlo ni un momento. De las calles
continuas aparecían hombres uniformados, el aun así sin inmutarse
corría y corría como una gacela corre para salvar su vida. Parecía
no aguantar más cuando llego a un parque enorme, el sin dudarlo se
adentro en el mismo y se acurruco entre una hiervas lo bastante
densas para no ser visto, ahí paso dos, tres horas hasta que dejo
de oír el alboroto producidos por esos bastardos que lo perseguían..
***
Y entre la persecución, el alboroto y
todo lo acontecido en esas tres horas...
Equipo alfa aseguren el hotel- gritaba
el hombre de traje y chaqueta gris, el mismo que momentos atrás se
había presentado ante Elena y a Gilbert, tras este gran grito se
vira con calma a el hombre que se encontraba a su lado y con una voz
muy diferente a la anterior le dice - Bruno por favor acompáñame.
Si señor – responde dirigente el
joven ayudante.
Ambos se suben al ascensor y llegan a
la habitación de Gilbert, de inmediato se dieron cuenta del
estropicio q se había producido horas antes. Con gesto decepcionado
el hombre alto trajeado y de pelo negro se saca un teléfono de su
bolsillo y saliendo a la ventana comienza a hablar:
—Aquí
Federic, con código tres, cinco, cuatro, seis, nueve. Páseme con él
—tras
un silencio incomodo Federic empezó ha hablar. —Mi
señor, hemos perdido al sujeto estamos rastreando su posición —el
aparato del móvil empezó a emitir pequeños sonidos que para Federic
debían ser grandes, él mismo lanzó un bostezo y respondió
pausadamente —De
acuerdo, si así lo quiere, así se hará —paró un momento en seco y continuo —¿buscamos
la cepa del ALTROU entre sus cosas? —el
teléfono volvió a gemir pero esta vez de una forma mas normal —De
acuerdo, le iré informando —guardó el móvil, se viró bruscamente hacia
Bruno y abandonando la habitación le ordenó: Ocúpese de revisarlo
todo, quiero algo, así sea un chicle.
miércoles, 6 de febrero de 2013
Capítulo III
Transcurridos unos minutos, que a Elena se le hicieron eternos, decidieron pasear tranquilamente por las calles silenciosas y dormidas de la ciudad. Poco a poco, sus conversaciones se fueron haciendo cada vez más y más triviales, dejando paso a algo que crecía irremediablemente entre ellos; su atracción, su deseo, no podían esperar...como animales en celo, se acercaron a una tenue farola. Él, la apretaba fuertemente contra sí, buscando sus labios carnosos,golosos,recorriendo sus muslos una y otra vez,sus manos ansiaban más y más. Ella, por su parte,le correspondía entregada,insaciable,buscaba su lengua,su cuerpo, todo de él...quería lamer su cara,su cuello y volver a su boca,aferrarse a sus caderas y sentir,sentir,sentir. De repente,unos ruidos extraños comenzaron a escucharse. La pareja volvió de su ensimismamiento más profundo a la cruda realidad. Esos ruidos, al principio imperceptibles, eran ahora cada vez más estridentes y cercanos y les hacían clavar la mirada al final de la calle donde apareció al principio una sombra,que poco a poco, se fue materializando en un individuo alto con traje gris oscuro que rengueaba del pie derecho. Gilbert lo reconoció al instante, tenía que huir rápidamente de aquel lugar. Clavó sus ojos en Elena,que por un segundo,sintió el amenazante peligro y huyó despavoridamente calle abajo sin saber cuál sería su fatídico destino.
viernes, 25 de enero de 2013
Capítulo II. El francés
En un esmerado castellano Armand
despidió al taxista y entró al hotel con todo el sigilo del que fue
capaz. No tomó el ascensor, prefirió las escaleras. —Estarán
menos concurridas —Pensó. Era evidente que no quería que nadie
pudiera identificarlo, para eso también había elegido un traje
bastante anodino pero cierta elegancia en sus movimientos lo
delataba.
Esperó varias horas casi a oscuras en
su habitación mientras miraba en silencio insistentemente al
teléfono. Tenía que estar alerta y evitar quedarse dormido. Estaba
convaleciente y su estancia en el hospital lo había debilitado.
Tenía que recuperarse, recuperarse…pronunció estas palabras al
tiempo que no pudo evitar quedar profundamente dormido.
Sobre la cama, tenuemente iluminada por
las farolas de la calle, se adivinaban varios pasaportes y alguna
cantidad importante de euros. También había algunos cientos de
dólares junto a su chaqueta gris. Ahora Armand dormía plácidamente
en un cómodo sillón de orejas en una agradable habitación de
hotel.
Se deslizó una sombra junto al balcón
de su habitación. El rayo de luz casi naranja que entraba desde la
calle se interrumpió brevemente a su paso. Quien quiera que fuese
tenía un cuerpo atlético que había embutido en ropa oscura y muy
ajustada. Se movía en silencio, y en silencio abrió la puerta de
corredera del balcón al tiempo que apuntaba con un revólver
directamente a la cama del francés. Un intenso destello despertó a
Armand incluso antes de oír la detonación. La sombra salió
rápidamente por donde había venido.
—Buenas noches Don Gilbert, debe
disculparme, pero algunos clientes han oído un fuerte ruido y… —El
francés lo interrumpió con un gesto, y sin decir palabra alguna
señaló hacia el suelo mostrándole una estantería que
adecuadamente había colocado en el suelo junto a varios libros y
alguna botella. Luego añadió con una inusitada tranquilidad –—Lo
siento, ha sido un pequeño accidente —La noche se hacía espesa y
peligrosa. Lo habían encontrado y debía tomar rápidamente alguna
decisión.
***
En el otro lado de la ciudad Elena no
podía dormir por más que lo intentaba. Con el pulso ya firme pero
con su corazón marcando con fuerza el ritmo de los segundos sostenía
la nota de Gilbert que leía una y otra vez:
Te deseo lo mejor para tu salud.
Necesito tu ayuda.
Estaré dos semanas
en el Hotel Atlántida.
¿Puedes hacerlo?
Un beso tierno.
Gilbert.
Todo su pasado se le desataba en un
torbellino de sensaciones al ritmo de los latidos de su corazón.
¿Por qué no? Tenía que intentarlo. Estaba decidida.
Sus tacones resonaban con determinación
en el silencio de la ciudad mientras caminaba hacia el hotel.
Esperaba que el recepcionista le hubiera dejado a Gilbert su mensaje.
No podía esperar más. Venía soñando, sólo soñando, desde hacía
ya muchos años en algo así. El destino le presentaba un reto
mientras sus ojos se tornaban rojos y ámbar primero o verde
esmeralda después al ritmo caprichoso de los semáforos de cada
cruce. Necesitaba desesperadamente algo de tiempo para pensar, pero
sólo podía dominar a ratos su ansiedad esperanzada.
Reconoció desde lejos la silueta de
Gilbert en la acera frente a la puerta giratoria del hotel. Armand
esperaba ver a Elena descender de un taxi. En apariencia tranquilo
comenzó a andar a ninguna parte cuando el silencio de la noche le
llevó el rumor de unos pasos de mujer; se giró lentamente y allí
estaba Elena que se había detenido a escasos metros de él cuando
con una sonrisa irresistible le dijo en francés, casi susurrando:
—Bonne
nuit ma chère Elena —Ella
quiso guardar aquella imagen para sus recuerdos y prolongó algunos
segundos el silencio mientras observaba a Gilbert delante de una
florida buganvilla bajo las luces cambiantes de la ciudad dormida.
***
Capítulo I
Suavemente entraron los primeros rayos de sol que presagiaban un hermoso día, suavemente entraron filtrándose por la cueva donde había dormido confortable y plácidamente... Me dirigí a la entrada para admirar el amanecer, que parecía haber nacido tan sólo para mí, la playa de arena, el agradable son con que las olas acunaban y masajeaban la orilla.
¿Cómo era posible que yo me encontrara tan bien?, si ni siquiera sabía por qué estaba allí, cómo llegué ni con quién. Había pasado unos cuantos días viviendo en aquella cálida cueva sola, pero sin sentir soledad, sin padecer hambre ni miedo, la verdad, es que me sentía más viva y libre que nunca. Me puse el chal negro y paseé por la playa pisando la arena fría y dejando las primeras huellas sobre ella. Respirar la brisa fresca y salada me liberaba de cualquier tristeza que me hubiera anidado anteriormente. Al llegar al final de la playa, volví sobre mis pasos mirando hacia la arena, alguien agarró mi mano con fuerza y sentí un pinchazo que me dejó helado el corazón.
Hoy, primer día del año en una fría y triste habitación de hospital, sola. Llevo dos semanas ingresada. Me despierta una enfermera al intentar cogerme una vía en el brazo derecho, pues el izquierdo no admitía una nueva intentona. Con tanta sangría, procuro cerrar los ojos y seguir recordando el maravilloso sueño en la playa, el bienestar que fabricó mi fantasía.
-Buenos días Elena, ¿cómo te encuentras hoy? -me pregunta Isabel, la enfermera que me estaba atendiendo con suma delicadeza. La miré y le sonreí, pero no con mi mejor mirada ni mi mejor sonrisa, porque hoy era un día muy especial, y yo me encontraba débil aún, con el ánimo bastante encallado.
Las mañanas en el hospital pasan rápido entre desayuno, limpieza de habitación, pruebas y la visita del médico, justo hoy me ha dicho que todo va mucho mejor, el accidente de tráfico que sufrí no me dejará secuelas, podré empezar más pronto de lo que creía a hacer mi vida normal e instintivamente me abracé a él y le planté el mejor de mis besos en su mejilla.
Como todas las tardes llegaron las visitas de familia y amigos, esos que te quieren de verdad, cada vez me traían más libros para leer, cuando les conté la noticia se revolucionaron, gritaron, rieron y me felicitaron todos a la vez. Me consolaban con palabras dulces, me encontraban guapísima y solucionaron todos los papeles burocráticos de pólizas, seguros, etc...Tuve también alguna visita que otra de anteriores ligues, que con sus miradas parecían decirme que lo podríamos intentar otra vez. Los pobres... se les notaba en sus ojos cansancio y ojeras, claro después de trasnochar para celebrar el fin de año... Yo hubiese estado bastante peor, seguro.
Ya iban a dar las ocho, hora en que termina la visita y poco a poco se fueron despidiendo. Las salas empezaban a vaciarse y el silencio se iba apoderando de la planta entera. Yo también deseaba descansar, sobretodo para conciliar, si fuera posible, otro mágico y reparador sueño. Me trajeron la cena, después leí un poco y cuando empezaba a embelesarme acurrucándome entre las sábanas, escuché unos tímidos toques en la puerta, se abrió ligeramente y entró despacio un hombre en pijama de hospital, alto y desgarbado, cojeando se acercó hasta mi cama. Me sorprendió la belleza de su rostro simétrico y proporcionado, con encanto y personalidad. Me incorporé y estuve a punto de tocar el timbre, podía ser un chalado o un asesino, no se cuántas cosas pensé a la vez y mi cuerpo temblaba hasta las uñas de los pies. ¿Qué hace aquí?.. mi voz brotó tímida y quebrada ¿quién eres?... ¿qué quieres?. Me sonrió y comenzó a hablarme chaporreando el español con mucho acento francés, su atractiva voz era grave y profunda, a duras penas le pude entender que se llamaba Gilbert, tenía 34 años, cinco más que yo, vivía en un pequeño pueblo de la Bretaña francesa de nombre Lannion, con una hermosa playa... inconcientemente pensé en la playa de mi sueño. Dijo que me había visto varias veces recorrer el pasillo con mi gotero a rastras y se desconsolaba al verme rodeada de gente.
Oímos los pasos del enfermero de turno y rápidamente se despidió con un beso, apretando mis manos con delicadeza. Adiós Elena y se fue.
Esa noche no soñé, el rostro de Gilbert anulaba cualquier otro pensamiento.
Al día siguiente, en cuanto pude, le pregunté a Isabel por qué había ingresado Gilbert en el hospital y con una sonrisa un poco socarrona me respondió que había sufrido varios traumatismos al caer cuando escalaba el Teide en solitario. "Éstos giris locos", aunque muy guapo, ¿no?..¡Tiene enamorada a la mitad de la planta!.
Hoy, a las tres de la tarde me daban el alta, recogí mis cosas y salí de la habitación en busca de Gilbert, sabía que estaba en la 525. Toqué y entré, pero no había nadie, la cama estaba recién hecha y el cuarto limpio. Me dirigí al control de enfermería, pregunté por él y me dijeron que había pedido el alta voluntaria, se había marchado precipitadamente, pero había dejado una carta para mí.
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